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Relato: NANA (Parte Primera)
Cuando despertó tenía la cabeza cubierta con una bolsa de plástico y algo metido en la boca, un trapo o algo así...
Estaba atada a una silla.
Comenzó a agitarse frenéticamente...
Alguien le quitó la bolsa. Durante unos instantes no pudo ver con claridad. Su vista fue aclarándose, poco a poco. Estaba en una habitación negra, cubierta de plásticos. Frente a ella había una vieja mesa de madera, llena de lo que parecían vulgares herramientas y un único, pero potente, foco de luz.
Unas manos se posaron en sus hombros mientras, desde detrás de su cabeza, un rostro enmascarado descendió hasta la altura de sus ojos.
-Veo que ya estás despierta, dormilona... Ya iba siendo hora.
Nana se agitó aún mas, mientras la figura enlutada se colocaba frente a ella.
Llevaba una especie de neopreno ajustado, completamente negro. Sus formas eran rotundamente femeninas, voluptuosas. La máscara que cubría su rostro era blanca, con unos labios pintados de rojo sangre intenso y otros detalles igualmente pintados, como cejas y tirabuzones negros. El orificio izquierdo estaba decorado con líneas ondulantes de color escarlata.
-Apuesto a que no tienes ni idea de por qué estás aquí, me equivoco?
Nana seguía agitándose como una lombriz en un cebo. Gemía como un cerdo en un matadero, incapaz de articular palabra a causa de su mordaza.
-Ah, claro, es verdad... Qué tonta soy... Así no puedes contestarme, claro. Espera, déjame que...
La figura estiró uno de sus brazos y sacó el trozo de tela de la boca de Nana.
-Hijadeputa! Qué coño te crees que estás haciendo??? Ya puedes desatarme ahora mismo si no quieres meterte en un lío de cojones!!! Mecagoenlamadrequeteparió!!!
Una sonora bofetada fue la única respuesta. Nana, tan sorprendida como dolorida, permaneció en silencio, jadeando.
-Ya? Estás mas tranquila? Veo que eres tan maleducada como me habían contado...
-Cabrona... -Susurró la cautiva mientras la miraba con ardiente desprecio.
-No aprendes, eh? Bueno, soy una persona muy paciente... Podría decir que saldrás de aquí "aprendida", pero... Lo cierto es que no vas a salir de aquí.
-Qué coño estás diciendo??? Mira, como broma esto ya se pasa de castaño oscuro, haz el puto favor de desatarme y tengamos la fiesta en paz, vale?
-Me temo que esto no es ninguna broma... O si... Bueno, si, supongo que desde tu punto de vista si que podríamos considerar esto como una broma, una de las que a ti te gustan...
-Oye, de verdad... No tengo ni puta idea de lo que me hablas... Esto es una puta locura... Te estás metiendo en un lío de cojones... Haz el favor de soltarme y déjame que me pire...
-De eso nada, monada... Estás aquí para pagar. Y vas a pagar.
-Pero QUÉ COÑO ME ESTÁS CONTANDO, JODER?
-Lo que yo decía, no tienes ni idea de por qué estás aquí... Dios... Eres tan repulsiva...
-Repulsiva yo? Que te den por culo, hijadeputa!
Sin mediar palabra, el brazo de la figura descendió con celeridad sobre la rodilla de Nana. Esta sintió un pinchazo, una fuerte quemazón. Un destornillador de mango rojo le atravesaba su extremidad inferior izquierda casi a la altura de la rodilla, solo unos pocos centímetros por encima. Nana gritaba con fuerza. La enmascarada retorció la herramienta. La máscara miraba directamente a sus desorbitados ojos.
Retorció un par de veces mas antes de dejarla. Después se volvió y puso sus manos encima de la mesa de madera. Nana seguía gritando. Lloraba con rabia.
-Puedes gritar cuanto quieras. Llora, berrea... Desfogate. Aquí nadie va a molestarnos. Estamos solitas las dos, corazón...
Nana gritó durante minutos, hasta que le ardió la garganta. Después sus llantos se volvieron mas débiles y patéticos. Finalmente quedaron reducidos a un lagrimeo casi silencioso.
-Bueno... Ya estás mas tranquilita, verdad? -La figura se volvió y la miró. Ladeó su cabeza y añadió- Ay, ay, pobrecita. Cuanto sufre ella, pobre!
Nana gimoteó sonoramente. La silueta se le acercó y le dio unas palmaditas en el hombro.
-Bueeeeno, veeeeenga... Ya pasó, corazón... Tienes que ser una nena grande. Si acabamos de empezar...
Relato: PLANETOIDE 290616X
<</INCOMING DATA...................................................................
Oficial de seguridad Jana Kovar. Número de serie... Número 291930A...
Fecha... Fecha de servicio... 121107L. Destino... Estación minera Valerion III. Planetoide 290616X.
Estoy sola.
Mi compañero, el ingeniero Bertrand Minyard lleva once meses sin responder...
Las voces se lo han llevado... Como a todos...
Estoy sola...
Fuimos destinados a este servicio... Hace... Pronto serán diez años...
El planetoide 290616X es de un incalculable valor para la confederación minera por sus enormes reservas de mineral de Nyumita. Por eso las extracciones deben continuar... Pese a todo... Pese a las voces...
Dos estaciones fueron construidas, una en cada polo. En los primeros tiempos cada una de ellas contaba hasta con treinta operarios... No duraron mucho... Todos acabaron sucumbiendo. Las voces se los llevaron... Se los llevan a todos.
Un equipo especial fue enviado... Algún tiempo después... También desapareció. Pese a todo, algunos datos fueron obtenidos. Las voces son reales. No sabemos que son, pero si sabemos que están ahí... Que están aquí. Picos en el flujo de energía electromagnética, aumentos subitos en la actividad cerebral del personal humano.
Se decidió mecanizar todo el proceso de extracción, pero es necesario al menos un operario para supervisar in situ.
Usamos filtros en nuestros trajes... Se supone que te protegen... Pero las voces siempre están ahí... Y todo el mundo cae... Tarde o temprano...
Los primeros seis años aguantamos bien. El ingeniero... Bertrand las encontraba fascinantes... Las voces... Quería estudiarlas... Intenté prevenirle contra ellas, recordarle lo que habían hecho antes... Pero no me escuchó, nunca me escuchó...
"Crees que soy tan estúpido como los demás, mujer?" "Es que no confías en mi?"
No lo entendía... Bertrand y yo habíamos sido compañeros en Badoon-Phi. Tenía plena confianza en él. Su IQ, así como su cualificación psicométrica estaban muy por encima de la media... Era... Era brillante... Era mi amigo... Mas que eso... Mucho mas...
Pero las voces...
No puedes confiarte a las voces y resistir su influjo mucho tiempo...
Como ya he dicho, los primeros seis años lo conseguimos. Nos apoyamos el uno en el otro y conseguimos aguantar. La vida aquí abajo no es fácil.
El sexto año, Bertrand comenzó a preparar el examen para el grado A-I. Quería ser instructor de primera en la academia. Era su ilusión. Comenzó a pasar mas tiempo solo, claro. Necesitaba concentrarse.
Yo intuía que había dejado de usar los filtros, pero cada vez que intentaba hablar con él la respuesta era violenta. Le ofendía. Informé de ello... Pero dijeron que exageraba. Decidí guardar silencio...
Luego fue peor...
Centralizabamos nuestro trabajo en la Estación Polar Sur. Un día recibimos la orden de que uno de nosotros debería trasladarse indefinidamente a la estación Norte. Problemas en las conducciones de energía que obligaban a tener supervisión humana constante. Decidieron que fuera Bertrand.
Aquella noche hicimos el amor y le prometí que lo conseguiríamos... Que ibamos a ser los primeros en salir de este maldito planetoide...
Qué idiota fui...
Nada fue bien desde entonces.
Los primeros meses, él se mostró desesperado por la soledad. Lloraba en cada transmisión. Entre líneas podía leer un preocupante subtexto suicida en cada uno de sus mensajes, una llamada a la que yo misma no era ajena... Para nada. Pero decidí ser fuerte. Por él. Por los dos. Estaba... Me había enamorado de él, estaba acostumbrada a tenerlo cerca y su ausencia repentina... Bueno...
Pese a todo, traté de mantenerme fuerte, como ya he dicho, ser su roca. Pareció mejorar con el paso de los meses.
Se nos permitió viajar con cierta periodicidad de un polo a otro. Breves estancias... Él seguía mejorando, en apariencia... Al contrario que yo...
Cada nueva separación me dejaba mas rota por dentro.
Paradojicamente, observé que las voces apenas me molestaban. Parecían no tener interés en mi... En cambio Bertrand...
El último año y medio fue de mal en peor...
Me engañé a mi misma. Me dije que era el estrés por el grado A-I, traté de obviar lo de las voces... Pero estaba claro... Estaba tan claro...
Sus ausencias, incluso durante las visitas... Se quedaba mirando al vacío, sonriendo... Aparecía y desaparecía sin explicación... Sus respuestas eran cada vez mas violentas, erráticas, desganadas... Como si algo lo estuviera controlando... No parecía él mismo...
Pero seguí engañandome, no quería aceptarlo. "Es que no confías en mi?"
Nadie supera las voces mucho tiempo...
Nadie...
Bertrand Minyard las superó durante mas de ocho años, tres de ellos en casi total soledad... La mayor parte del tiempo sin filtros... Mas de lo que nadie lo había hecho antes...
Pero nadie supera las voces...
Hace un año viajé a la Estación Polar Norte para celebrar con él su acceso a la Fase 2 del A-I.
Estábamos juntos, paseando en la holocubierta por un hermoso parque. Nos sentamos en un banco... Y comenzó a hablar... Solo que no era conmigo... Sonreía, con la mirada perdida...
Me rompí... Me puse a llorar...
Eso pareció sacarlo del trance por un momento... Pero ya era demasiado tarde...
"Ni tú ni nadie me impedirá escuchar las voces! Quiero oirlas, me entiendes!? NADIE PUEDE IMPEDIRLO."
Le besé por última vez y voví a la Estación Sur.
Me arrepentí de haber desistido tan facilmente en cuanto llegué, pero... No creo que hubiera cambiado nada. Ya no estaba en mis manos, ni en las suyas...
Las voces siempre ganan...
Nadie escapa a las voces...
Pero entonces, por qué yo ya no las escucho?
Estoy sola...
Estoy sola...
Estoy sola...
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Relato: Sangre y Nieve en Hispania
"Acero rojo de sangre baila
sembrando muerte
En el fragor de la batalla,
como venido del más allá,
el silbido de las espadas
Canción de muerte,
pero también de vida...
Para aquel que sepa merecerla."
Cantar de la Espada (Anónimo)
El invierno es una sombra cruel que se cierne sobre las tierras celtíberas.
La nieve lo cubre todo con su manto mortecino, mientras la ventisca azota las desnudas colinas. Y en mitad de esa inmensidad blanca, una mancha rompe la inmaculada desolación marfileña: un hombre solo, caminando pesadamente, casi arrastrándose por este desierto helado, agazapado tras una piel de carnero que apenas logra ocultar la titánica potencia de sus músculos. Una larga cabellera negra agitada por el viento azota su rostro de rasgos angulosos y duros, como esculpidos en piedra viva por el cincel de toda una vida de conflictos y violencia, a juzgar por las pequeñas cicatrices que surcan sus mejillas y sus mal cubiertos brazos.
Enmarcados en ese rostro pétreo, dos zafiros refulgen con un fuego salvaje que acobardaría al mismo Erebo, y que solo puede provenir de un verdadero hijo de estas crueles e ingratas tierras, aunque la cota de malla que porta bajo la piel de carnero es propia de los invasores que habían asediado los poblados más orientales durante las últimas lunas, matando a los guerreros y llevándose a mujeres y niños como esclavos.
Un súbito aguijonazo de dolor lo saca de sus lúgubres pensamientos, como si algo le hubiese mordido en las entrañas. Se lleva la mano al costado, por debajo de las pieles y, al apoyarla, siente una nueva punzada que le hace erguirse de dolor. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, contiene su aullido, lo que provoca que se le congestione la cara y que el fuego en su mirada arda aún con más ira si cabe.
Mordiéndose los labios gruñe para sí mismo "¡Maldita cota de mallas! ¡Malditos sean los soldados y sus piojosas armaduras inútiles!". Y al retirar la mano ve como la sangre resbala hacia su antebrazo, hasta gotear por su codo. Pese al dolor, el calor de su propia sangre le resulta reconfortante.
El agotamiento está comenzando a hacer mella en su potente fisionomía. Cada vez le cuesta más no ya caminar, sino sencillamente mantenerse consciente y en pie. Si no encuentra pronto un lugar donde guarecerse del intenso frío y detener la hemorragia, pronto será comida para lobos y cuervos.
De pronto se vuelve al captar algo por encima del ulular del viento, un ruido que le resulta familiar: perros. Tras él, tan solo a unos codos, tres soldados acompañados por dos mastines de babeantes y poderosas mandíbulas le siguen. Pensó que los había despistado, pero ahí están, ataviados con los ropajes propios de una de las legiones del Imperio, con sus corazas viejas y oxidadas. Mercenarios olvidados en este confín del mundo.
El Imperio vive en una guerra constante, expandiéndose o repeliendo intentos de agresión de otros reinos o revueltas intestinas. Y así, en esa vorágine de conflictos incesante, acaba por olvidarse de sus asentamientos más alejados de la metrópoli, de sus soldados, que acaban por volverse aún más bárbaros y crueles que aquellos a quienes sojuzgan, llevándolos a cometer las más horribles atrocidades.
"Los Dioses son buenos", medita para sus adentros el salvaje.
Continuar huyendo no tiene sentido en su estado. Más pronto que tarde acabarán por darle caza y cuanto mas demore ese momento, en peores condiciones estará a causa del frío y la pérdida de sangre. Ha visto muchas veces lo que los mastines de presa pueden hacerle a un hombre que se deja llevar por el miedo y trata de huir... No, él no huirá más. "Ya he corrido bastante", piensa mientras se gira por completo hacia sus perseguidores mostrando en su diestra una afilada hoja metálica. Si ha de morir lo hará luchando y no cazado como una pobre y estúpida bestia herida.
Al ver su gesto, los soldados sonríen con malicia y sueltan a los perros, que se lanzan gruñendo y ladrando, ávidos de carne y sangre bárbaras. El fugitivo repele al primero de ellos, ensartándolo con su espada, pero antes de poder extraerla es atacado por el segundo animal. Impedido de usar su arma, con un rápido movimiento lo agarra por el pescuezo, apretándolo con fuerza tal que hace gimotear al can como si se tratase de un vulgar cachorrillo. Luego golpea con feroz brutalidad la cabeza del mastín contra el suelo nevado. Una y otra vez repite el mismo movimiento, hasta que el animal deja de moverse. Suelta entonces su mortal tenaza, dejando caer a la bestia sin vida, que se precipita sobre la nieve sanguinolenta, como un fardo. Muerto.
Estupefactos ante la escena que acaban de presenciar, los soldados se sacuden la incredulidad y se lanzan al ataque, blandiendo sus espadas en el aire. El guerrero bárbaro se desembaraza con presteza del cuerpo sin vida del primer perro, que había quedado ensartado en su mortal herramienta, y se prepara para repeler la acometida: el primero le lanza una estocada a la cabeza, pero este día la fortuna no está de su parte, pues el celtíbero logra detener el golpe, propinándole a continuación un tremendo tajo en el estómago con un golpe de su falcata, haciendo brotar gran cantidad de sangre y vísceras por la profunda hendidura. El soldado cae de rodillas con los ojos en blanco y saliendosele de las órbitas. El desgraciado no verá la próxima primavera. No verá ninguna más. Uno de los dos restantes busca con su gladius el vientre del bravo montaraz y este apenas tiene tiempo de esquivar el ataque, que logra estropear la cota de malla, raspando su piel con dolorosas consecuencias.
El salvaje fugitivo, enrabietado, clava con furia su falcata en la cabeza del atacante, destrozándola, partiéndola literalmente en dos como si fuera un melón maduro, que se abre dejando escapar sangre y sesos, junto con restos de hueso del destrozado cráneo.
Un intenso aguijonazo le arde en la espalda. Es el tercer legionario, que ha descargado un potente mandoble en su retaguardia. De no haber sido tan corpulento o de no haber llevado la loriga de anillas, le habría partido en dos.
Ya al límite de sus fuerzas, el bárbaro no puede aguantar más el tremendo castigo físico y cae sobre su rodilla derecha, la cabeza agachada y los brazos apoyados en la falcata.
Tras él, el último soldado pronuncia un juramento en su lengua y se dispone a asestar el golpe de gracia sobre el postrado guerrero. Pero este reacciona por sorpresa, girando como un relámpago para clavar la punta de su arma en las entrañas del sorprendido agresor. No sin dificultades, el celtíbero se pone en pie, mientras el soldado, fuera de sí, deja caer su propia espada.
Estando ya ambos en pie, frente a frente, el montaraz coge su falcata con ambas manos y de un fuerte tirón la hace salir del cuerpo del malogrado legionario. Este, con su rostro descompuesto en una mueca mezcla de horror e incredulidad, se lleva las manos al vientre, para separarlas al instante, chorreantes de sangre espesa y oscura. Después hace un gesto, colocándolas de manera que parece estar pidiendo limosna, mientras con la boca abierta de par en par trata de decir algo, aunque de su garganta solo sale un sonido similar a un siseo mezclado con un gorgoteo repugnante.
El salvaje lo mira a los ojos durante unos segundos y emitiendo un gutural rugido, hace silbar el metal. La cabeza del desdichado vuela por los aires, al tiempo que la sangre mana a borbotones del seccionado gaznate, salpicando al bárbaro de oscura melena como en un bautismo macabro.
Ensangrentado, extenuado y aterido, el guerrero, sin saber muy bien porqué, dirige sus acerados ojos hacia la cercana arboleda. Su visión se nubla, ha dejado de escuchar la ventisca y el tiempo parece detenerse.
En la oscuridad de la espesura, no muy lejos, cree ver como aparecen, lentamente, de dos en dos, unas extrañas esferas fantasmagóricas, dotadas de un fulgor cuasi iridiscente. Tras unos instantes, las sospechas del celtíbero se convierten en realidad: lobos.
Poco a poco sus siluetas van cobrando forma mientras abandonan el cobijo de la vegetación y se acercan con cautela, hasta rodear al cansado montaraz, primero más interesados en mordisquear los restos de la matanza, los legionarios caídos y sus perros, pero luego gruñendo y mostrándole sus terribles fauces a modo de amenaza.
Ya al final de sus fuerzas, el indómito salvaje se prepara para enfrentarse a la manada cuando, de repente, le sobreviene una ola incontenible de debilidad que le hace soltar la falcata y caerse de bruces sobre la nieve. Y así, tumbado boca abajo esperando a ser devorado por los lobos, el bárbaro tiene una postrera visión antes de que la oscuridad se apodere de sus ojos: una figura femenina, de tez tan blanca como la luna llena y el cabello negro y brillante como el plumaje de un cuervo, cubierta de pieles de lobo y huesos de pequeños animales.
Y unos ojos embrujadores, hipnóticos, que lo llevaron de la mano a la placidez de un sueño que tal vez habría de ser el de la mismísima muerte.
Relato: LA TUMBA
"Ven, descansa en este pecho, mi ciervo herido,
A pesar que la manada ha huido de ti, tu casa sigue estando aquí;
Aquí todavía está la sonrisa, que ninguna nube puede cubrir,
Y un corazón y una mano que son tuyos hasta el fin.
¿Para qué fue hecho el Amor, si esto no es así
en la alegría y el tormento, a través de la gloria y la vergüenza?
No lo sé, no pregunto, si la culpa está en ese corazón
Pero sé que te amo, donde quiera que tú estés.
Me llamaste "tu Ángel" en momentos de dicha,
Y tu ángel quisiera ser, en medio de este horror,
A través de la pira, sin empequeñecer, tus pasos seguir,
Y ser tu escudo, y salvarte... o perecer allí también."
Thomas Moore (traducción de Jack Lawton)
LA TUMBA
por Jack Lawton
El tiempo parecía desvanecerse sobre aquella cama de hierva, abrazado a la dura almohada de piedra que era la losa de mármol.
Cuantas noches? Cuantos días? Ya había perdido la cuenta... ELLA se había marchado. Ya no estaba... Su presencia, su sombra, su vacío ocupaban todo su mundo. ELLA había sido su Portadora de Felicidad. La conoció cuando ya nada le importaba. Jamás lo olvidará. Apareció ante él, cual si hubiera sido un sueño maravilloso. El mundo entero se movía a otra velocidad. Y ahí la vio por primera vez... Su sonrisa. Sus ojos. Su cabello. Como cascadas de fuego, sortijas de oro incandescentes. Su piel color marfileño. Y sus manos... Las manos de una muñeca de porcelana.
Las manos mas delicadas y hermosas que verías en cien mil vidas...
ELLA lo hizo volar mas alto de lo que nunca hubiera imaginado. Vivieron momentos de gran dicha. Su comunión era total. Era como si le hubieran ganado la batalla a los dioses, esos que en el alba de los tiempos convirtieron lo que debía ser uno en dos. Su victoria fue dulce, muy dulce...
Intercambiaron promesas y anillos. "Siempre tuyo". "No me dejes nunca".
Pero los dioses son envidiosos. No podían dejar que una afrenta así a su poder perdurase...
Se la arrebataron. Poco a poco. La agonía fue larga y no hubo piedad. Veía como se marchitaba sin poder hacer nada. Sus manos estaban atadas ante la tragedia que se cernía sobre ellos. ELLA ya no podía reconocerle y el moría por dentro. Trataba de hacerla recordar, trataba de que su amor prevaleciera por encima de todo lo demás. Lo intento. Sabe Dios que lo intentó.
Con uñas y dientes lo intento. Pero no dependía ya de él... Las voces la llamaban. La guiaban al otro lado. Lejos de él...
El las maldijo, a ellas y a los dioses bastardos que se la estaban arrebatando mas y mas a cada segundo. Podía oír sus risas, en el eco del éter... En cada espejo, en cada ventana... Se burlaron de él mientras su Amor moría:
"Ya es nuestra... Jamás volverás a verla... Es toda nuestra..."
Y así pasó.
Todo se desmoronó. Él se desmoronó. Encerrado en el cuartucho donde le habían dado cobijo por pena, la lloró... "Por qué has tenido que irte ahora, cuando mas te necesitaba...? Por qué habéis tenido que arrebatármela? Es que no habíamos sufrido bastante ya?"
Las risas siguieron resonando en su cabeza. Un día. Y otro día. Y otro. Las noches eran un suplicio inabarcable y los días... Durante el día solo rezaba para que la muerte le llegara pronto, para que acabara con su sufrimiento. Las fuerzas le habían abandonado. Solo era un cascarón vacío, un muerto andante, una sombra del hombre que una vez llegó a ser.
Y por encima de toda su desgracia, la imagen de su amada seguía refulgiendo como el sol del atardecer. Un atardecer de otoño, con el aire meciendo las hojas de los árboles al viento y el olor a tierra húmeda. Algunas veces creía verla... Pero simplemente, ELLA ya no estaba allí.
Una mañana, después de mas de mil noches alcanzando el alba con el sueño intacto se vistió y se fue al cementerio. Era un lugar grande y tetricamente hermoso. La arquitectura funeraria siempre le había atraído. La quietud, la calma de los camposantos. Nada malo había allí. Todo lo malo quedaba atrás, junto con la carne que se pudría en las sepulturas y mas allá de los muros del cementerio, en la bulliciosa ciudad, con sus mentiras, su hipocresía y su egoísmo mortales.
Sus pies le llevaron a la tumba como poseídos por un indescifrable encantamiento. El jamás había estado en esa parte del cementerio. No había podido... Pero la encontró...
No quiso leer la inscripción de la lápida. Qué importaba lo que dijera? "Aquí yacen todas mis esperanzas, todos mis sueños, todas mis alegrías. Pasadas, presentes y futuras..."
Nada importaba ya.
Se acurrucó sobre la hierva mientras con su mano acariciaba la lápida, como cuando acariciaba su espalda. Y recordó las constelaciones que surcaban su universo... Y lloró...
"No me dejes nunca, por favor... Creo que sin ti me moriría..."
"Aquí estoy ya, Vida mía. Como te prometí... Como podría dejarte, si tu eres la luz que alumbró a mi pobre alma? Te quiero, mi amor... TE QUIERO..."
Y allí se quedó, tendido sobre la alfombra de césped que servía de manta al sepulcro de su Amor.
Sorprendentemente nadie volvió a molestarle. Nadie le habló, ni le ofreció pan o agua, ni el sepulturero le obligó a abandonar el lugar. Estuvieron solos los dos, su Amor y él, durante lo que pareció una eternidad. Vio muchas lunas y muchos soles ir y venir. Y le cantó, le cantó todas las canciones que los habían hecho sonreír durante el tiempo de dicha que compartieron.
Cariño, cariño mío
Ramito de mejorana
Espuma que lleva el río
Lucero de la mañana
Planté por toda Sevilla
Banderas de desafío
Y dice cada bandera:
“Cariño, cariño mío”...
El sol volvía a ocultarse por el horizonte y él cayó rendido a los pies de la lápida. Y soñó. En mitad de su oscura ensoñación volvió a verla, su rostro y su cabello destellando en medio del vacío omnímodo. Su piel era mas pálida de lo que la recordaba... Nunca la muerte había tenido un rostro tan hermoso.
"Ya estoy llegando a ti... Aguanta... No desesperes. No falta mucho para que estemos juntos... "
Al oír estas palabras la excitación y el júbilo hicieron que se despertara de su trance y entre la sorpresa y la incredulidad se preguntó a si mismo "es acaso posible? puede ser cierto lo que acabo de soñar? ha sido visión o solo el deseo de mi corazón? o acaso sois vosotros otra vez burlándoos de mi miseria?" dijo señalando a los cielos finalmente. La luna llena que iluminaba el camposanto fue el único testigo de su atribulada respuesta:
"No, no puede ser... Ha sido sólo un sueño... Quisiera que... Pero no, es imposible..."
Entonces, proveniente de todas y de ninguna parte a la vez se escuchó un murmullo en respuesta...
"Ya estoy llegando, amado... "
Un escalofrío le recorrió la espalda. Sería posible realmente? Había logrado su Amor romper las cadenas que los separaban? De dónde procedía aquella voz que le era tan querida, tan ansiada?
"Espérame... Ya vengo... "
Una ola de felicidad lo inundó.
"Dónde estás, Amor mío? No puedo verte..."
Aguardó unos instantes, con la tensión del hambriento que espera saciar su hambre, o del sediento que espera poder beber al fin tras haber atravesado un desierto. La voz respondió por fin con un eco lejano y susurrante:
"Aquí... Aquí..."
La voz... Parecía proceder de la tierra bajo sus pies...
"Pero... Cómo es posible...?"
Se agachó y puso el oído contra la tierra.
"Eres tú de verdad, Amor?"
No hubo respuesta.
"Amor? Estás ahí...?" Esperó con el oído pegado al césped, tratando de captar hasta el menor de los susurros. Pero no oyó nada. Siguió esperando. Pero no hubo respuesta. Sus manos, apoyadas como estaban contra el suelo, comenzaron a temblar. Su rostro se contrajo por el dolor que el silencio le provocaba. Y las lágrimas comenzaron a caer sobre la tumba.
"Por qué? Por qué no me contestas? Es que acaso me estoy volviendo loco? Es que acaso todo esto no es mas que un sueño, una alucinación debida al cansancio y a la falta de alimento? Oh, Amor... Amor... Te he escuchado... Dime que te he escuchado de verdad... Dime que eres tú realmente, que por fin me vienes a buscar!"
Golpeó con ambos puños sobre la tierra fresca. Lloró y gritó. Se dio de cabezazos hasta abrirse una brecha en la frente. Nada. La tristeza lo invadió del mismo modo que hacía escasos momentos lo había hecho la euforia. Otra vez la había perdido.
Lentamente, como si de un cadáver redivivo se tratara se levantó, se irguió sobre la tumba y se limpió la ropa. Alzó la vista y pensó: "Una vez mas... Vencido... Y aún vivo... No puede haber maldición mayor... Te quiero, Vida mía..." Y se dispuso a marcharse al fin del cementerio.
Pero cuando se disponía a dar el primer paso algo le sujeto por el zapato. Primero pensó que habría tropezado, como era habitual en él, pero en seguida se dio cuenta de que algo le estaba atenazando la extremidad con una fuerza inhumana. Miró hacia abajo y vio aquellas manos que recordaba tan vívidamente, aunque el nácar de su piel estaba tiznado de tierra y putrefacción. Su garganta trató de emitir un grito, pero lo único que produjo fue un horrible sonido seco y sordo.
Estaba mas paralizado por el miedo y la sorpresa que por la mano de ultratumba que lo sujetaba ya por el tobillo. Una segunda mano se abrió paso desde el interior de la tumba y le sujetó la otra pierna, haciéndolo tambalear y finalmente caer.
"Oh, Dios mío! Oh, Dios mío!"
Fue todo lo que logró decir, fuera de sí. Las manos tiraban de él, pero no para atraerlo, sino mas bien usándolo como apoyo, como si el cadáver que había en el interior de la tumba tratase de subir desde las profundidades del Hades usando a aquel desdichado como ancla.
"Eres tú, Vida mía?"
Volvió a preguntar. Y cogiendo las manos muertas que lo asían por los tobillos tiró de ellas con cuidado absoluto pero también con toda la fuerza que algún día tuvo. Poco a poco, el suelo fue cediendo, la tierra se abrió y de ella emergió una figura que le era tan familiar como querida.
Era ELLA, con su vestido negro. El mismo vestido negro que llevaba el día que la conoció. Estaba sucio y raído, ajado por muchas partes, cubierto de tierra y polvo y briznas de hierva aquí y allá. Toda ELLA estaba cubierta de tierra. Su pelo ya no brillaba a la luz d el la luna llena como antaño. Pero seguía siendo hermosa, aun bajo el influjo de la putrefacción y la decadencia. La ayudó a incorporarse del todo. Y la miró como solo un amante puede mirar a su amada, aunque esta sea un cadáver en descomposición.
"Sabía que eras tú! Sabía que no me ibas a abandonar! Te quiero, mi Amor! Te quiero igual que siempre! Al fin podremos volver a ser felices! Los dos juntos para siempre! Oh, Vida mía, cuanto te he echado de menos!"
Se abrazó a ELLA como un neonato se agarra al pecho de su madre, como el moribundo se agarra a la vida. Entonces ELLA, inerte y fría, pero aún mas hermosa que los rayos de la pálida luz de la luna, le habló de nuevo al fin:
"No.."
"No?" Respondió él, desconcertado.
"No. Ya no queda vida aquí para ti... He venido para llevarte conmigo..."
Él respondió:
"Llevarme? Pues claro! Iremos donde tú quieras, desde luego! A donde tu desees, Vida mía!"
Y ELLA volvió a hablar:
"Vida no, MUERTE... "
Entonces aquel cadáver viviente le devolvió el abrazo. Un abrazo de hierro gélido, como el abrazo del garrote vil o el potro de tortura. Él comenzó a reír enloquecidamente mientras la tierra los tragaba a los dos. Su cara estaba tan pálida como la de ELLA y sus ojos se le salían de las órbitas.
Enfebrecido y enajenado, no dejó de reír hasta que la tierra anegó sus pulmones. Después el eco de su risa se fue apagando inexorablemente hasta que al final el silencio se adueño de todo.
-EPÍLOGO-
Ya era de día. Una bellísima mujer de cabellos como olas de sol estaba de pie frente a la tumba. Llevaba un vestido negro y entre sus brazos acunaba a un gato negro. Junto a ella estaba el viejo sepulturero, un individuo encorvado, de nariz aguileña, gorra y pala siempre en ristre. Él fue de los dos el primero en hablar:
-Hay una cosa que nunca he entendido... Yo mismo fui quien le enterró... Y era un hombre ya hecho y derecho cuando lo hice. Es imposible que tuviera solo ocho años...
-No, claro... -dijo la mujer-. Él lo pidió así... La primera es la fecha en la que nos conocimos... Y la segunda...
-No, claro... -dijo la mujer-. Él lo pidió así... La primera es la fecha en la que nos conocimos... Y la segunda...
-Tranquila, señorita, ya se que usted no era pariente suya, pero no he podido encontrar a su familia... La chica que vende flores me habló de usted y...
-No se preocupe. Me encontraba aquí cerca precisamente visitando a unos amigos. Sus padres ya habían muerto... Y su hermano creo que se marchó lejos. Se casó y se fue de esta maldita tierra. En cuanto a su hermana, ella siempre lo repudió... Cuénteme lo sucedido, por favor...
-Pues verá... Ha sido muy raro... A primera hora siempre me doy una vuelta por esta parte del cementerio y... Cuando he pasado por delante de la tumba... Estaba todo el suelo removido... Pero... De una manera extraña... Es como si hubiera salido a tomar el aire y después se hubiera enterrado a si mismo desde dentro... Una cosa rarísima... Y créame que yo aquí he visto de todo, eh?
-Le creo, pero... Usted no me ha mandado llamar sólo porque la tierra está removida de una manera extraña e inexplicable, me equivoco?
-No, señorita. Es usted muy lista. No... La verdad es que la he hecho venir hasta aquí por esto -dijo el sepulturero mientras le enseñaba una alianza de oro blanco, un precioso anillo-. Estaba justo en medio del remolino de tierra. Era imposible no verlo, menudos chispazos pegaba con la luz de la mañana reflejándose en él! Es muy bonito, señorita...
-Es... Se parece a... Por qué no se lo ha quedado usted? Si no hubiera dicho nada, nadie se hubiera enterado...
-No, señorita, eso jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Un auténtico sepulturero sabe que lo que es de los muertos, es de los muertos y a nadie mas pertenece.
-Entonces? Por qué simplemente no lo ha vuelto a meter en la tierra?
-Esto... En estas cosas, señorita, lo mejor siempre es respetar la voluntad del fallecido.
-Cómo? A qué se refiere con eso?
-Pues... Yo creo que si él lo ha dejado fuera de la tumba es que... quizás quería dárselo a alguien... Pero como su mano no llega mas allá de la tierra que le hace de cama, ha tenido a bien buscar la ayuda de este humilde sepulturero... El anillo tiene una inscripción por la parte de dentro...
-Pues verá... Ha sido muy raro... A primera hora siempre me doy una vuelta por esta parte del cementerio y... Cuando he pasado por delante de la tumba... Estaba todo el suelo removido... Pero... De una manera extraña... Es como si hubiera salido a tomar el aire y después se hubiera enterrado a si mismo desde dentro... Una cosa rarísima... Y créame que yo aquí he visto de todo, eh?
-Le creo, pero... Usted no me ha mandado llamar sólo porque la tierra está removida de una manera extraña e inexplicable, me equivoco?
-No, señorita. Es usted muy lista. No... La verdad es que la he hecho venir hasta aquí por esto -dijo el sepulturero mientras le enseñaba una alianza de oro blanco, un precioso anillo-. Estaba justo en medio del remolino de tierra. Era imposible no verlo, menudos chispazos pegaba con la luz de la mañana reflejándose en él! Es muy bonito, señorita...
-Es... Se parece a... Por qué no se lo ha quedado usted? Si no hubiera dicho nada, nadie se hubiera enterado...
-No, señorita, eso jamás se me hubiera pasado por la cabeza. Un auténtico sepulturero sabe que lo que es de los muertos, es de los muertos y a nadie mas pertenece.
-Entonces? Por qué simplemente no lo ha vuelto a meter en la tierra?
-Esto... En estas cosas, señorita, lo mejor siempre es respetar la voluntad del fallecido.
-Cómo? A qué se refiere con eso?
-Pues... Yo creo que si él lo ha dejado fuera de la tumba es que... quizás quería dárselo a alguien... Pero como su mano no llega mas allá de la tierra que le hace de cama, ha tenido a bien buscar la ayuda de este humilde sepulturero... El anillo tiene una inscripción por la parte de dentro...
-"Siempre tuyo"...
La mujer dejó de sostener al gato y cayó de rodillas sollozando. El sepulturero se acercó para sostenerla y confortarla. Y mientras el gato negro los observaba a los dos...
Desde lo alto de la lapida de la tumba.
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