EL SUEÑO

El sueño se ha apoderado de mi durante unos pocos minutos después de comer.

No ha podido ser mas cruel:

Reclinado en un sillón, llevaba sobre mi pecho una mochila porta-bebes. En ella había un pequeño, de cabello enratonado, oscuro y lacio, como ese que tienen los recién nacidos a veces.



Era muy pequeño, pero sus pulmones eran fuertes, porque lloraba como si en ello le fuera la vida. He puesto mi mano derecha sobre su cuerpecito para tranquilizarlo, mientras con la otra le acariciaba la cabeza con toda la suavidad que mis torpes manos son capaces. En seguida el infante se ha relajado y tras una serie de grandes suspiros ha comenzado a dar bostezos hasta que se ha quedado dormido. 

Aún puedo sentirlo respirar, su calor sobre mi pecho. Esa vida naciente, tan frágil y a la vez tan poderosa. Y esa sensación, la de tener una vida en tus manos, una vida que proteger, una vida por la que dar la propia si llegara el caso. 

Qué frágiles son los sueños.

Me he despertado y claro, había desaparecido. Volvía a estar aquí, en mi madriguera. La oscuridad como única compañera.

Tanto añorar el sueño y cuando por fin regresa es sólo para torturarme con imágenes de felicidad imposibles. Con quimeras...

Maldito sea. 


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La verdad es algo muy bonito.